La ropa me olía
ligeramente a birra, a vino, a lo que hubiese tomado en el día. Cigarrillo
omnipresente entre mis dedos o en mi boca, caminé los veinte pasos que
separaban mi grupo del de él. Era a la tarde, no muy lejos del río, mis amigas
reían, fumaban, hablaban con chicos que se les acercaban. Y una de ellas me
estaba mirando, yo seguía alejándome hacia el futuro más próximo, ese grupo de
skaters medio emos con flequillo al costado, epidemia común en el 2007.
Les tapo el sol a
los tres o cuatro pibes que descansan medio tirados en sus skates. Me miran y
puedo verlo en sus ojos, el reproche por privarlos de luz y un reproche
adicional por ser muy incómoda de mirar. Me acostumbré a esas miradas desde
chica, y la verdad ya no me afecta. Con la voz levemente pastosa, me planto en
la tierra del skatepark y me concentro en que soy un pibito, una bollera
bastante machona, y le digo al más rubiecito de los muchachitos: le gustas a mi amiga.
Silencio. Alivio. La
marimacho caretea tres secas de porro, el pibe aprovecha y le pregunta: ¿a cuál?
Uno de sus amigos me gira un litro, acepto y señalo a la más bonita y nerviosa
de mis amigas. Ella nos estaba mirando,
ve que él la mira y rápido mueve la vista a su celular. Los amigos del
rubiecito hablan entre ellos, se ríen, pero no presionan la decisión.
¿Venís conmigo y te
la presento? Digo yo, porque ya me siento borracha e incómoda. Y no me gusta
que tanta gente mire mi cara tan de cerca. El chico deja el skate, se levanta y
me acompaña.
Esto es lo más cerca
que voy a estar de un chico desde que tengo uso de razón.
Es lindo, me gusta
su ropa y cómo camina, cómo mira. Debe ser un buen pibito, en un buen colegio,
debe escuchar buen rap y tener buen porro.
A mí me gustan los
chicos, y me gustan mucho, como a Pucca le gusta Garu. No importa cuánto lo
mencione, o cuánto de obvia sea, nadie registra mi heterosexualidad, soy el
estereotipo de lesbiana camionera por mi cuerpo, mi pelo y mi ropa, y eso dicen
que soy. La etiqueta me dio un lugar de pertenencia, y para el momento de esta
historia, ya proyectaba toda mi masculinidad.
Llegamos a destino,
ellxs dos se sonríen y yo vuelvo a mi litro abandonado, a mis cigarrillos, a
mis risas escandalosas y a mis amigas.
Siempre tengo amigas
hermosas. No es un decir, es real. Chicas a la exacta medida del canon impuesto
socialmente. Ella en concreto es como una Lana del Rey, más ruidosa y pequeña.
Se levantaron con un litro y se están alejando de nosotras. Ya sé cómo es ella,
va a aceptar un beso de él al final de la charla, y eso es todo. Es romántica,
llora con A 3 metros sobre el cielo. Yo me masturbo todo el día y lloro cuando
no me carga XVideos.
Y es que soy un
varoncito, soy uno más de los pibes, no sirve de nada que me guste uno de mis
compañeros de clase, porque él no me vio, y miró a alguna de mis amigas. Soy
exagerada y llamativa, siempre riéndome más alto que nadie, diciendo las cosas
que nadie dice, dejando de cara a cualquiera que hable conmigo. Mi estampa de
varón se cae en mi torso, soy muy tetona y no lo oculto, aunque tampoco lo
muestro.
Y así soy un poco
más grande, detecté que mis puntos fuertes eran las tetas y la boca, y con esos
dos componentes, aunque sea me registraron un par de chicos, feos y turbios en
su mayoría, pero bueno, ¿qué más podía pedir?
Soy la amiga gorda,
masculina, fea, la que no van a besar aunque se tomen todo el escabio del
parque, uno más de los muchachos. Me duele profundamente, siento que soy un
unicornio dentro de un elefante, y que nadie puede verme como yo me veo. En
secreto, antes de bañarme, me miro desnuda al espejo. Miro mi cuerpo,
biológicamente femenino, y me tranquilizo. Hasta que no lo veo, siempre me
siento un hombre.
Paso mucho tiempo a
solas en mi habitación, escribiendo fanfics y escuchando The Rasmus y My
Chemical Romance, escabio a escondidas, ya empiezo a curtir ese aura de poeta
maldita que me conforta y da reclusión obligatoria a mi fealdad. Todavía no sé
qué es el porro. Y mi primer amor vive al otro lado de la medianera, y no lo
conocí aún.
Resultó que, como en
una película de Disney, la fea bestia consigue su príncipe. Mi primer noviecito
es un pequeño Gerard Way, tiene la piel más hermosa del planeta, se pone en
pedo conmigo, me lleva con él a todas partes, se pone triste de noche y dice
que yo le gusto más que Kill Bill. Es el chabón más raro de mi mundo limitado,
siento que encontré otro unicornio, y es la coincidencia más feliz de mi vida.
Por supuesto que más
pronto que tarde se pudrió todo, porque se mudó a otra ciudad y yo no quería
extrañarlo, así que le corté. Él se puso muy triste y me dejaba notitas de que
me amaba, un poco creepy, pero esa es otra historia.
Era el primer chico
que se fijó en mí, al que le gustaba siendo lo que lxs demás señalaban, y no le
importaba nada. Le presenté a mis amigas y también me prefería a mí, un hito en
la historia.
Las cosas no
cambiaron mucho en estos diez años, sigo siendo la amiga ebria que se acerca al
grupo de chicos diciendo ‘le gustas a mi amiga’, pero ahora con una imagen
femenina, aunque agresiva. Los tipos me registran, pero se callan, porque
conmigo no se jode. Mis amigas siguen siendo hermosas, y en estos años me
gustaron mucho varias también.
Y de vez en cuando
aparece un pibe que me da ganas de hacer las cosas bien, de manejarme como una
persona normal y no como una bolita de ansiedad y autoimagen dañada. Pero no
puedo evitar ver en él a todos los demás, charlar con él con perpetuo miedo a
que me diga algo de una amiga y saber que ya no tengo mucho más que hacer. Sí,
me deconstruyo todo lo que puedo en bocha de sentidos, y esto sigue pasándome a
menudo, porque nadie es perfecto.
Eso es algo que
estoy aprendiendo. Tengánme paciencia.