viernes, 12 de agosto de 2016

Espejos.

Nuestra vida se va con el discurso.
Intentando pulirnos de cara a un público inexistente la mayoría de las veces, algunas pocas es una sensación real.
No queremos patinar.
Odiamos contradecirnos, sonar incoherentes.
Ser reales.
Somos Dios.
Más allá de todo y sin nada más que observar del afuera, porque la verdad está dentro.
Hay un riesgo enorme en no poder ver el exterior, y es perdernos en el interior.
 Y no volver.
Para pasar por la vida sin que nada nos toque, nosotres antes que nadie, sálvese quien pueda.
Encuentre su Dios interior.
Y  quémelo.
Somos teorías, somos engaños, somos frustraciones, somos dependencia.
Somos el sufrimiento de no aceptar(nos)
Y por eso embellecemos con palabras, con repetición, con ‘ideas de’ antes que ‘experiencia en.’
Y hacemos de nuestra imagen nuestro reflejo, no nuestra identidad.
La aceptamos, la modificamos, le damos vueltas arriba y abajo, pensamos en cómo nos proyectamos.
Lo que queremos que se vea y lo que tapamos.
Cosas que preferimos no recordar.
Actitudes que no reconocemos tener. 
Engaños ante el espejo, falsa seguridad apoyada en el discurso de nuestra corporalidad y nuestras palabras.
Ya nos creemos a nosotres mismes.
Y no escuchamos a nadie, porque ‘no me conocés mejor que yo’.
Pero le otre te conoce muy bien. Te ve.
Sos le mayor mentirose del mundo.
Pero vos te ves.
Vos sos le otre.
Y deberías amarte.
Amar es reconocerse en lo que te rodea, tus gatos, el porro, Netflix y les otres.
Y decir(se) ‘la verdad, qué bosque peligroso es nuestra mente’
Perdonarnos por tanta incoherencia.
Por tanta ceguera.
Por tanto que no hacemos respecto a lo que predicamos.
Por cómo el discurso nos comió.
El personaje se devoró todo y dejó algunas miguitas.
Juntalas.



No hay comentarios:

Publicar un comentario